Mi llegada a la Facultad fue silenciosa, como la de casi todos, sin guiar la mirada siquiera a alguno que, al mismo tiempo, entraban a paso apurado. Aquel inmenso frontis de verdes columnas y límpidos ventanales inspiran un considerable respeto a quien ose atravesar sus puertas. Pareciera que las imágenes precolombinas, dibujadas todas en la parte superior del edificio, te miraran inquisitivamente, como juzgándote, como si fueran ellas las que aprobaran tu presencia en la Facultad. Entré pues, tratando de calmar la ansiedad que causaba en mí la nueva experiencia de ser universitario; el hall, un espacio abigarrado de paneles (los cuales ni me tomé la molestia de revisar, no aquel día), fue como estar en el centro de una vorágine: la gente se dirigía en distintas direcciones, escaleras hacia arriba, hacia abajo, hacia afuera; a la izquierda un corredor fosco, uno lleno de luz y más largo aún a la derecha. No sabía dónde mi salón se ubicaba.No me gusta solicitar información, peor aún por esa mala onda de cachimbear a quienes lo hacen. Decidí aventurarme por aquellos espacios que poco a poco iba memorizando. La mayoría de las puertas que iba pasando estaban cerradas; lo curioso y lo que aún no logro entender (de hecho, que por flojera no logro investigar) es que casi todas tienen un nombre. Claro, lo entiendo por los Salones de Grados y Conferencias pero, ¿en los salones? Tampoco me retuve en esto. Mi propósito era dar con mi aula, mi primera clase, ser el héroe, impresionar, llegar a ser el mejor abogado. Creo que le di un par de vueltas al edificio y nada, pero siempre aquellas figuras que atisbando mi confusión, como queriendo ayudar, eran retenidas por el tiempo, tan llenas de historia, del Perú y San Marcos.
Caminé hasta dar con un quiosco y vi mucha gente alrededor. Era obvio. Aquellos rostros, ilusión maquillada y bien arreglada, las mejores ropas y esencias aromáticas que señalaban mi lugar de destino. Fue en esa ocasión en que descubrí que mi temor era irracional, fuera de toda lógica. No podía ver con anticipado recelo a quienes serían mis amigos y amigos durante los próximo seis años. La diversidad de personalidades sólo me decía una cosa: la lucha será difícil, no imposible. Jóvenes de dieciocho y más, animosos y ávidos de conocimientos, altos, bajos, con mochila o maleta, algunos con su laptop, zapatillas de distintos colores. Las chicas, lindas, con ese aire de orden que se expresa en su vestir, en su hablar, sus sonrisas muestran seguridad en ellas mismas, pasión por el estudio.
Un hombre de baja estatura, algo encorvado, fue quien abrió el aula donde tendríamos nuestra primera clase, sería el mismo hombre que durante las tardes siguientes, al son de una flauta, entonaría agradables melodías. Ingresamos pues, no sin curiosidad, a aquellos amplios salones: estaba dividido en dos partes, la plataforma principal, donde está el escritorio para el profesor y el podio donde también está la computadora con la cual suele trabajar; al frente están las carpetas para nosotros, de forma escalonada en ascenso. Muy amplia, recuerdo que aquel día éramos casi como doscientos. A los costados se hallan ventanales que, dada la temporada, se abren para orear el ambiente.
Acabada la clase, me nació otra curiosidad: ir al comedor de la universidad. Si bien s
Llegué, al fin y me encontré con un espacio aún más triste. La descripción solo me traería desanimo mas diré que nunca hallé más Perú en otro lugar que en el comedor. San Marcos en un pequeño Perú; el comedor, una pequeña Lima. El criollismo de las colas, la venta de cucharas las protestas que solo crean mal digestión (¡ojo!), miles de rostro distintos, razas, culturas, convergencia absoluta, donde, a pesar de todo, somos iguales. La comida, regular, agradable.
Me encaminaba hacia la salida y me puse a observar, de lejos, a la Facultad. Su imponente edificio de verde-tranquilidad es una esfera de lucha progresista: solo quienes quieran el cambio saldrán adelante, abogados que no vean el destino como una mera preocupación económica. Abogados que, vistiendo la humildad con elegancia, y preconizando justicia a quien la requiera, podrán ofrecerle al Perú un nuevo rumbo.
Me desplazo, ahora con caminar pausado, admirado de mi decisión. Aquellas imágenes zoomorfas, desde lo alto, parecieran sonreír.

