viernes, 19 de febrero de 2010

Día Uno...



Mi llegada a la Facultad fue silenciosa, como la de casi todos, sin guiar la mirada siquiera a alguno que, al mismo tiempo, entraban a paso apurado. Aquel inmenso frontis de verdes columnas y límpidos ventanales inspiran un considerable respeto a quien ose atravesar sus puertas. Pareciera que las imágenes precolombinas, dibujadas todas en la parte superior del edificio, te miraran inquisitivamente, como juzgándote, como si fueran ellas las que aprobaran tu presencia en la Facultad. Entré pues, tratando de calmar la ansiedad que causaba en mí la nueva experiencia de ser universitario; el hall, un espacio abigarrado de paneles (los cuales ni me tomé la molestia de revisar, no aquel día), fue como estar en el centro de una vorágine: la gente se dirigía en distintas direcciones, escaleras hacia arriba, hacia abajo, hacia afuera; a la izquierda un corredor fosco, uno lleno de luz y más largo aún a la derecha. No sabía dónde mi salón se ubicaba.

No me gusta solicitar información, peor aún por esa mala onda de cachimbear a quienes lo hacen. Decidí aventurarme por aquellos espacios que poco a poco iba memorizando. La mayoría de las puertas que iba pasando estaban cerradas; lo curioso y lo que aún no logro entender (de hecho, que por flojera no logro investigar) es que casi todas tienen un nombre. Claro, lo entiendo por los Salones de Grados y Conferencias pero, ¿en los salones? Tampoco me retuve en esto. Mi propósito era dar con mi aula, mi primera clase, ser el héroe, impresionar, llegar a ser el mejor abogado. Creo que le di un par de vueltas al edificio y nada, pero siempre aquellas figuras que atisbando mi confusión, como queriendo ayudar, eran retenidas por el tiempo, tan llenas de historia, del Perú y San Marcos.

Caminé hasta dar con un quiosco y vi mucha gente alrededor. Era obvio. Aquellos rostros, ilusión maquillada y bien arreglada, las mejores ropas y esencias aromáticas que señalaban mi lugar de destino. Fue en esa ocasión en que descubrí que mi temor era irracional, fuera de toda lógica. No podía ver con anticipado recelo a quienes serían mis amigos y amigos durante los próximo seis años. La diversidad de personalidades sólo me decía una cosa: la lucha será difícil, no imposible. Jóvenes de dieciocho y más, animosos y ávidos de conocimientos, altos, bajos, con mochila o maleta, algunos con su laptop, zapatillas de distintos colores. Las chicas, lindas, con ese aire de orden que se expresa en su vestir, en su hablar, sus sonrisas muestran seguridad en ellas mismas, pasión por el estudio.

Un hombre de baja estatura, algo encorvado, fue quien abrió el aula donde tendríamos nuestra primera clase, sería el mismo hombre que durante las tardes siguientes, al son de una flauta, entonaría agradables melodías. Ingresamos pues, no sin curiosidad, a aquellos amplios salones: estaba dividido en dos partes, la plataforma principal, donde está el escritorio para el profesor y el podio donde también está la computadora con la cual suele trabajar; al frente están las carpetas para nosotros, de forma escalonada en ascenso. Muy amplia, recuerdo que aquel día éramos casi como doscientos. A los costados se hallan ventanales que, dada la temporada, se abren para orear el ambiente.
Fue solo una clase. Entretenida. Aquel hermetismo que presuponía en los profesores y sus cátedras se desvaneció en haces de una genial combinación entre lo ameno y los intelectual. Olvidaba, minuto a minuto aquella anacrónica y bien despistada frase que rezaba en libros de mis abuelos: la letra con sangre entra.

Acabada la clase, me nació otra curiosidad: ir al comedor de la universidad. Si bien sería una nueva travesía encontrar dónde estaba éste y más aún, no tenía ni la menor idea de cómo poder acceder a una ración. A pesar de ello, fui. En esta ocasión pude divisar San Marcos de un modo distinto: como aquel fuerte león, otrora rey de la selva, que por el tiempo había sido, o se había intentado, quitarle su predominio, hiriéndolo, aislándolo, quitándole lo más preciado que pueda poseer, su territorio… Una imagen desoladora, tan llena de zozobra y rencor contra la indiferencia que manipula los intereses de la sociedad, creando conformismo, olvido, retroceso. San Marcos y mi Facultad se erigen sobre una suerte de heroico misticismo arraigado desde los profundos años en que la única gran Universidad de Lima era dueña de las mentes más prodigiosas y fructíferas del país.

Llegué, al fin y me encontré con un espacio aún más triste. La descripción solo me traería desanimo mas diré que nunca hallé más Perú en otro lugar que en el comedor. San Marcos en un pequeño Perú; el comedor, una pequeña Lima. El criollismo de las colas, la venta de cucharas las protestas que solo crean mal digestión (¡ojo!), miles de rostro distintos, razas, culturas, convergencia absoluta, donde, a pesar de todo, somos iguales. La comida, regular, agradable.

Me encaminaba hacia la salida y me puse a observar, de lejos, a la Facultad. Su imponente edificio de verde-tranquilidad es una esfera de lucha progresista: solo quienes quieran el cambio saldrán adelante, abogados que no vean el destino como una mera preocupación económica. Abogados que, vistiendo la humildad con elegancia, y preconizando justicia a quien la requiera, podrán ofrecerle al Perú un nuevo rumbo.

Me desplazo, ahora con caminar pausado, admirado de mi decisión. Aquellas imágenes zoomorfas, desde lo alto, parecieran sonreír.

martes, 16 de febrero de 2010

A la vuelta de la esquina...



Lima Colonial es un paisaje muy aferrado a una historia llena de religiosidad, lo cual no es malo en sí, sobre todo, si de dicha historia pueden rescatarse valores importantísimos. Valores espirituales, así llamados por quienes visten garnacha y quién sabe qué por dentro, hombres (ojo, sólo hombres) “ungidos” en una verdad metafísica, absoluta, dogmática y en términos algo científicos, anti-darwinianos. ¿De qué valores hablamos? Hablamos pues del amor al prójimo, del buen obrar diario, de la humildad, de la solidaridad, en fin, de todos aquellos fácilmente resaltables en un libro de no menos de quinientas páginas denominado Biblia. Lima Colonial también es un sinfín de iglesias (fíjese bien, siempre habrá una al menos en todo su barrio), estructuras deterioradas y polvorientas junto con otras nuevas que hacen loores a anticuadas construcciones modernas, aunque hay algunas dignas de cierta admiración; Lima siempre fue y será así, aferrada a una religión anacrónica que para subsistir no tiene más remedio que adaptarse a una realidad desconfiada, ávida de verdades que sean comprobables, dejando de lado todo discurso utópico. Pero Lima Colonial es, más bien, distópica (usando la palabra acuñada por el filósofo inglés, John Stuart Mill).

En este breve artículo quiero pues, trabajar estas dos variantes, valores espirituales e iglesias, a fin de encontrarlas incompatibles en la actualidad. Primero, repasemos algunos datos. La pobreza en el Perú asciende a la mitad de la población, situación incómoda y frustrante en un país prometedor. El desempleo es generador de informalidad, la cual lleva a la deshumanización del trabajo. Considero que no todo trabajo dignifica al ser humano. El trabajo en condiciones inadecuadas sólo genera una sociedad disconforme, intolerante ante la mesiánica tendencia de los políticos a prometer soluciones muchas veces nada viables. Y es aquí donde la religión oficial cobra un rol importante. Pero no, no para remediar las cosas e impulsar, vía divina mediante, un Perú mejor. La Iglesia Católica es una amenaza social en nuestro país: creando brechas entre las porciones adineradas y las necesitadas, interfiriendo en las decisiones que nos afectan a todos, irrumpiendo la tranquilidad con espantosos casos de violaciones y otros degradantes actos, adulterando el progreso al mantener en la ignorancia al peruano pobre. Esos son los valores de la Iglesia "Caótica".

Veo parte del olvido humano día tras día el volver a mi hogar en cada bus que abordo, ¿dónde está la Iglesia acomedida, guiada por un Salvador histórico de irrefutables virtudes morales, para socorrer a estos desprotegidos? Niños que venden caramelos sin tener la mínima idea de los que significa "cítrico"; mujeres que han olvidado el sabor de la leche en un desayuno modesto; hombres sin educación, sin alegrías; ancianos sin fuerzas limpiando lunas… Y un sujeto vestido de sagradas túnicas, un bonito anillo dorado (¿será oro, oro?), ¿cómo vive este señor? Y no, no me interesa si le pagan o no, si cobra comisión del sudor de la gente impregnado en moneditas de a diez, no… me refiero a ese fuero interno cuyas sentencias pesan más que una cadena perpetua, la conciencia. ¿Qué hace la Iglesia, hoy en día? Poco. Y digo esto porque sería un error dejar de lado los pocos ejemplos de verdadero compromiso con Dios hacia la humanidad.

Vuelvo a mi hogar y en mi camino contemplo una inmensa estructura blanca. Lo que años atrás fue una pequeña iglesia que no albergaba a más de cien hoy es capaz de recibir el triple. Por una de las esquinas se levanta una imponente torre y en el cabo está la campana que al retumbar emite un expansivo sonido llamando a los feligreses. Por dentro es un alma vacía. Deja mucho que desear si la comparamos con las Iglesias de la Lima Colonial, verdaderas obras de arte. ¿Cuánto dinero se habrá invertido? ¿Cuántas almas pudieron ser salvadas de un trágico frío o de una terrible hambre? ¿Cuántos libros, cuantos rostros enrojecidos de júbilo? La triste clase alta se apasiona al ver tal titán y se siente a gusto dentro de sus intestinales asientos. Al fin una Iglesia digna de ellos. Ojalá hubieran leído aquél pasaje del librito llamado Biblia: El Dios que hizo el mundo y todas las cosas [que hay] en él, siendo, como es Este, Señor del cielo y de la tierra, no mora en templos hechos de manos, ni es atendido por manos humanas como si necesitara algo, porque él mismo da a toda [persona] vida y aliento y todas las cosas (Hechos 17: 24-25). Amén.