Lima Colonial es un paisaje muy aferrado a una historia llena de religiosidad, lo cual no es malo en sí, sobre todo, si de dicha historia pueden rescatarse valores importantísimos. Valores espirituales, así llamados por quienes visten garnacha y quién sabe qué por dentro, hombres (ojo, sólo hombres) “ungidos” en una verdad metafísica, absoluta, dogmática y en términos algo científicos, anti-darwinianos. ¿De qué valores hablamos? Hablamos pues del amor al prójimo, del buen obrar diario, de la humildad, de la solidaridad, en fin, de todos aquellos fácilmente resaltables en un libro de no menos de quinientas páginas denominado Biblia. Lima Colonial también es un sinfín de iglesias (fíjese bien, siempre habrá una al menos en todo su barrio), estructuras deterioradas y polvorientas junto con otras nuevas que hacen loores a anticuadas construcciones modernas, aunque hay algunas dignas de cierta admiración; Lima siempre fue y será así, aferrada a una religión anacrónica que para subsistir no tiene más remedio que adaptarse a una realidad desconfiada, ávida de verdades que sean comprobables, dejando de lado todo discurso utópico. Pero Lima Colonial es, más bien, distópica (usando la palabra acuñada por el filósofo inglés, John Stuart Mill).
En este breve artículo quiero pues, trabajar estas dos variantes, valores espirituales e iglesias, a fin de encontrarlas incompatibles en la actualidad. Primero, repasemos algunos datos. La pobreza en el Perú asciende a la mitad de la población, situación incómoda y frustrante en un país prometedor. El desempleo es generador de informalidad, la cual lleva a la deshumanización del trabajo. Considero que no todo trabajo dignifica al ser humano. El trabajo en condiciones inadecuadas sólo genera una sociedad disconforme, intolerante ante la mesiánica tendencia de los políticos a prometer soluciones muchas veces nada viables. Y es aquí donde la religión oficial cobra un rol importante. Pero no, no para remediar las cosas e impulsar, vía divina mediante, un Perú mejor. La Iglesia Católica es una amenaza social en nuestro país: creando brechas entre las porciones adineradas y las necesitadas, interfiriendo en las decisiones que nos afectan a todos, irrumpiendo la tranquilidad con espantosos casos de violaciones y otros degradantes actos, adulterando el progreso al mantener en la ignorancia al peruano pobre. Esos son los valores de la Iglesia "Caótica".
Veo parte del olvido humano día tras día el volver a mi hogar en cada bus que abordo, ¿dónde está la Iglesia acomedida, guiada por un Salvador histórico de irrefutables virtudes morales, para socorrer a estos desprotegidos? Niños que venden caramelos sin tener la mínima idea de los que significa "cítrico"; mujeres que han olvidado el sabor de la leche en un desayuno modesto; hombres sin educación, sin alegrías; ancianos sin fuerzas limpiando lunas… Y un sujeto vestido de sagradas túnicas, un bonito anillo dorado (¿será oro, oro?), ¿cómo vive este señor? Y no, no me interesa si le pagan o no, si cobra comisión del sudor de la gente impregnado en moneditas de a diez, no… me refiero a ese fuero interno cuyas sentencias pesan más que una cadena perpetua, la conciencia. ¿Qué hace la Iglesia, hoy en día? Poco. Y digo esto porque sería un error dejar de lado los pocos ejemplos de verdadero compromiso con Dios hacia la humanidad.
Vuelvo a mi hogar y en mi camino contemplo una inmensa estructura blanca. Lo que años atrás fue una pequeña iglesia que no albergaba a más de cien hoy es capaz de recibir el triple. Por una de las esquinas se levanta una imponente torre y en el cabo está la campana que al retumbar emite un expansivo sonido llamando a los feligreses. Por dentro es un alma vacía. Deja mucho que desear si la comparamos con las Iglesias de la Lima Colonial, verdaderas obras de arte. ¿Cuánto dinero se habrá invertido? ¿Cuántas almas pudieron ser salvadas de un trágico frío o de una terrible hambre? ¿Cuántos libros, cuantos rostros enrojecidos de júbilo? La triste clase alta se apasiona al ver tal titán y se siente a gusto dentro de sus intestinales asientos. Al fin una Iglesia digna de ellos. Ojalá hubieran leído aquél pasaje del librito llamado Biblia: El Dios que hizo el mundo y todas las cosas [que hay] en él, siendo, como es Este, Señor del cielo y de la tierra, no mora en templos hechos de manos, ni es atendido por manos humanas como si necesitara algo, porque él mismo da a toda [persona] vida y aliento y todas las cosas (Hechos 17: 24-25). Amén.
martes, 16 de febrero de 2010
A la vuelta de la esquina...
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