jueves, 25 de marzo de 2010

Intereses Difusos

Se habla de un interés (humano) al referirnos a aquello que no es provechoso, aquello a lo cual nos inclinamos y buscamos proteger dado los beneficios que nos puede generar. En el ámbito jurídico encontramos este término sin que se pierda la definición que sobre él se ha dado; existe, sí, una tipificación establecida por el sistema jurídico lo cual varía levemente su significación y su aplicación. Ahora bien, hay quienes relacionan el interés con el derecho subjetivo. Así, el jurista peruano Juan Morales Godo observa “que el interés es el contenido de todo derecho, o dicho en otros términos, todo derecho subjetivo contiene un interés"[1], es decir, todo sujeto titular ejerce sus derechos a favor de un interés.

Con respecto a lo mencionado anteriormente, debe considerarse lo siguiente:

i) que los intereses no son estrictamente individuales y que, por lo tanto,
ii) hay intereses de carácter colectivo y además
iii) no debe entenderse que todo interés es un derecho, resaltando que sólo los intereses recogidos por el Derecho son contenido, finalidad, aquello que apunta un derecho.

Llegado a este punto, ya podemos empezar sobre el tema que nos atañe, los intereses difusos. Según Germán J. Bidart Campos “con el nombre de interés difusos, colectivos, o supraindividuales se alude a una situación jurídica subjetiva que no es titularizada individual o singularmente por una sola persona, o por cada una de los que forman la sociedad en forma privativa y separada de los demás, sino por muchas que comparte en común ese interés”[2]. Con esta definición, se establece que los intereses difusos se refieren a los intereses que una colectividad puede tener en común. Pero en esta misma definición se igualan intereses difusos con intereses colectivos. Morales Godo no reduce los primeros a los segundos, más bien los diferencia aunque manteniendo ciertas similitudes. Así, solo habla de intereses colectivos cuando pertenecen a un grupo determinado de personas integrantes de una colectividad determinada y organizada; e intereses difusos a los que no poseen respaldo organizacional y cuya característica es que pertenecen a un grupo de personas o clase de personas indeterminadas[3].

El ordenamiento jurídico concede protección a dichos intereses, asimismo establece los procesos o mecanismos para llevar a cabo el ejercicio de derechos de incidencia colectiva. Así, aparece la figura de la legitimación, que consiste en la aptitud de un sujeto de derecho de actuar como parte en un proceso ejerciendo los derechos por sí mismos[4]. Generalmente se vincula a los intereses difusos con la preservación del medio ambiente, teniendo en cuenta que su atestado no afecta solo intereses particulares, sino los de toda una colectividad. La Constitución establece que los seres humanos tienen derecho “a la paz, a la tranquilidad, al disfrute del tiempo libre y al descanso, así como a gozar de un ambiente equilibrado y adecuado al desarrollo de su vida” (Artículo 2º, inciso 22). Todo acto en contra de este derecho tiene efectos de alcance colectivo puesto que es un interés común el vivir bien.

Ante ello la Ley de Hábeas Corpus y Amparo en su art. 26 tercer párrafo reconoce la legitimidad ad causam a cualquier persona, aún cuando la violación o amenaza no lo afecte directamente.

Ahora bien, según el abogado Fabrizio Castellano Brunello, “la normatividad procesal contiene imperfecciones cuando nos encontramos frente a los denominados intereses difusos o colectivos y ello… ha acarreado que estas imperfecciones afecten no solamente al trámite de proceso, sino a la facultad misma de accionar basándose en intereses difusos”[5], Castellano resalta la insuficiencia del desarrollo del Derecho Procesal. Considera, que serán los pronunciamientos que pueden ser expedidos por las autoridades los que sienten las bases pero que la tutela por intereses difusos no se vea como algo “extraño”, “raro” e incluso “riesgoso”[6].

[1] Morales Godo, Juan, “Instituciones de derecho procesal”, Lima, Palestra Editores, pág. 153, 2005

[2] Bidart Campos, Germán J., et al. “Doctrina Constitucional”, Trujillo, Editorial Libertad, pág. 11, Setiembre 1992

[3] Morales Godo, Juan, Ob. Cit., pág. 154
[4] Morales Godo, Juan, Ob. Cit., pág. 155

[5] Castellano Brunello, Fabrizio, “Algunas reflexiones sobre la problemática de los intereses difusos en defensa del medio ambiente y la acción de amparo”nstituciones de derecho procesal” en los Cuadernos Jurisprudenciales Nº 21, Lima, Gaceta Jurídica Editores, págs. 21-22, Marzo 2003

[6] Castellano Brunello, Fabrizio, Ob. Cit., págs. 22

martes, 2 de marzo de 2010

Teoría del Interés

¿Cuál es el fin del Ser Humano?

En este breve artículo pretendo transmitir parte de la filosofía contractualista, aunque, en cierto modo – y el lector más repasado en estos temas lo descubrirá – me aparto del contenido original del cual solo tomo algunos datos que alimenten Mi Teoría o mejor dicho, sin ánimos presuntuosos, la Teoría que comparto, tal vez, con muchos otros.

Desentrañar el Fin (o Fines) del Hombre, necesariamente nos ubicaría en la búsqueda de definir lo que es el Hombre, la misma que, tras muchos siglos continúa. Pero no es empresa mía la de resolver tal anfractuoso tema. Cuando menciono el Fin del Ser Humano, me refiero a que rol cumple dentro de este universo de ideas y hechos, el Mundo. Es decir, al Hombre dentro de un conjunto de situaciones dinámicas con sus semejantes.

Ahora bien, yo creo que el Hombre (individual o en conjunto) no busca el bienestar social. Veamos:

- El Ser Humano es una maquina inagotable de necesidades, de las cuales, muchas se ven imposibilitadas de ser satisfechas por causa de la Naturaleza. En ello radica su existencia, satisfacer en la medida de lo posible la mayoría de ellas (1).

- El Ser Humano anhela más de lo que tiene ya que sin esta intención la idea de desarrollo o progreso no tendría sentido (2).

- En todo Ser Humano subyace un interés, una pretensión sobre ciertos efectos esperados. Estos se ven amenazados sólo por otros intereses (1).

- No existen Hombres libres de egoísmo, pues es una característica instalada en nosotros a través del tiempo. Ahora bien, todo acto colectivo es la convergencia de intereses similares (2).

A continuación, explicare los párrafos enumerados pues son parte importante de esta Teoría.

1) Ante la necesidad de comer, el interés que surge en un Ser Humano es el de hallar los medios adecuados para satisfacer tal necesidad, así, puede valerse del trabajo ejercido por otro o sencillamente adquirir algún alimento directamente. Ahora bien, puede darse el caso de no haber alimento accesible en el espacio en que se halle el Sujeto, lo cual demuestra que la Naturaleza imposibilita la consumación de la necesidad surgida y que atenta contra la vida misma del Hombre. Otro caso es el de que existiendo el alimento, este solo se lo proporciona otro Sujeto, que en este caso es el productor y/o vendedor. Vemos pues que el Primer Sujeto tiene la necesidad de comer y su interés se materializa en un determinando producto alimenticio, en cambio, el Segundo Sujeto tiene la necesidad de subsistir (Primera Gran Necesidad), y su interés es el de vender el producto. Ante ellos hay pues, intereses complementarios.

2) Si un gobernante cometiera abuso del poder que detenta, la posibilidad de satisfacer nuestras necesidades podrían verse amenazadas. Surge pues un interés común entre los gobernados que se materializaría en una revolución a fin de cambiar dicha situación. La idea de progreso es similar, ya que en un determinado momento surgen intereses comunes en un grupo específico de Hombres que tienen como base la necesidad de saber (Segunda Gran Necesidad). Este parte de la humanidad no se contenta con lo adquirido por vía directa de los sentidos, el conocimiento le proporciona ventajas sobre sus semejantes y con ello puede desarrollar de modo más eficiente los medios que satisfagan la Primera Necesidad.

Mencioné que el Ser Humano no pretende el Bienestar Social (TERCER PÁRRAFO) y considero que de algún modo he proporcionado los fundamentos que expliquen tal afirmación. Para que la idea de Bienestar Social tenga un valor empírico el interés por conseguirlo tendría que ser común en todos los seres humanos de modo que el grupo se constituya en una unidad. He aquí donde el Ser Humano, con su compleja, variada naturaleza no hace posible que se dé tal unidad. Tal vez, lo más cercano a la idea de Bienestar Social sea la de Progreso.

PS: esta Teoría, si se me permite, tiene aún varios vacíos. Seguiré trabajando en ella, si es posible, con sus aportes o con los que halle a mi disposición en los grandes avances intelectuales.

viernes, 19 de febrero de 2010

Día Uno...



Mi llegada a la Facultad fue silenciosa, como la de casi todos, sin guiar la mirada siquiera a alguno que, al mismo tiempo, entraban a paso apurado. Aquel inmenso frontis de verdes columnas y límpidos ventanales inspiran un considerable respeto a quien ose atravesar sus puertas. Pareciera que las imágenes precolombinas, dibujadas todas en la parte superior del edificio, te miraran inquisitivamente, como juzgándote, como si fueran ellas las que aprobaran tu presencia en la Facultad. Entré pues, tratando de calmar la ansiedad que causaba en mí la nueva experiencia de ser universitario; el hall, un espacio abigarrado de paneles (los cuales ni me tomé la molestia de revisar, no aquel día), fue como estar en el centro de una vorágine: la gente se dirigía en distintas direcciones, escaleras hacia arriba, hacia abajo, hacia afuera; a la izquierda un corredor fosco, uno lleno de luz y más largo aún a la derecha. No sabía dónde mi salón se ubicaba.

No me gusta solicitar información, peor aún por esa mala onda de cachimbear a quienes lo hacen. Decidí aventurarme por aquellos espacios que poco a poco iba memorizando. La mayoría de las puertas que iba pasando estaban cerradas; lo curioso y lo que aún no logro entender (de hecho, que por flojera no logro investigar) es que casi todas tienen un nombre. Claro, lo entiendo por los Salones de Grados y Conferencias pero, ¿en los salones? Tampoco me retuve en esto. Mi propósito era dar con mi aula, mi primera clase, ser el héroe, impresionar, llegar a ser el mejor abogado. Creo que le di un par de vueltas al edificio y nada, pero siempre aquellas figuras que atisbando mi confusión, como queriendo ayudar, eran retenidas por el tiempo, tan llenas de historia, del Perú y San Marcos.

Caminé hasta dar con un quiosco y vi mucha gente alrededor. Era obvio. Aquellos rostros, ilusión maquillada y bien arreglada, las mejores ropas y esencias aromáticas que señalaban mi lugar de destino. Fue en esa ocasión en que descubrí que mi temor era irracional, fuera de toda lógica. No podía ver con anticipado recelo a quienes serían mis amigos y amigos durante los próximo seis años. La diversidad de personalidades sólo me decía una cosa: la lucha será difícil, no imposible. Jóvenes de dieciocho y más, animosos y ávidos de conocimientos, altos, bajos, con mochila o maleta, algunos con su laptop, zapatillas de distintos colores. Las chicas, lindas, con ese aire de orden que se expresa en su vestir, en su hablar, sus sonrisas muestran seguridad en ellas mismas, pasión por el estudio.

Un hombre de baja estatura, algo encorvado, fue quien abrió el aula donde tendríamos nuestra primera clase, sería el mismo hombre que durante las tardes siguientes, al son de una flauta, entonaría agradables melodías. Ingresamos pues, no sin curiosidad, a aquellos amplios salones: estaba dividido en dos partes, la plataforma principal, donde está el escritorio para el profesor y el podio donde también está la computadora con la cual suele trabajar; al frente están las carpetas para nosotros, de forma escalonada en ascenso. Muy amplia, recuerdo que aquel día éramos casi como doscientos. A los costados se hallan ventanales que, dada la temporada, se abren para orear el ambiente.
Fue solo una clase. Entretenida. Aquel hermetismo que presuponía en los profesores y sus cátedras se desvaneció en haces de una genial combinación entre lo ameno y los intelectual. Olvidaba, minuto a minuto aquella anacrónica y bien despistada frase que rezaba en libros de mis abuelos: la letra con sangre entra.

Acabada la clase, me nació otra curiosidad: ir al comedor de la universidad. Si bien sería una nueva travesía encontrar dónde estaba éste y más aún, no tenía ni la menor idea de cómo poder acceder a una ración. A pesar de ello, fui. En esta ocasión pude divisar San Marcos de un modo distinto: como aquel fuerte león, otrora rey de la selva, que por el tiempo había sido, o se había intentado, quitarle su predominio, hiriéndolo, aislándolo, quitándole lo más preciado que pueda poseer, su territorio… Una imagen desoladora, tan llena de zozobra y rencor contra la indiferencia que manipula los intereses de la sociedad, creando conformismo, olvido, retroceso. San Marcos y mi Facultad se erigen sobre una suerte de heroico misticismo arraigado desde los profundos años en que la única gran Universidad de Lima era dueña de las mentes más prodigiosas y fructíferas del país.

Llegué, al fin y me encontré con un espacio aún más triste. La descripción solo me traería desanimo mas diré que nunca hallé más Perú en otro lugar que en el comedor. San Marcos en un pequeño Perú; el comedor, una pequeña Lima. El criollismo de las colas, la venta de cucharas las protestas que solo crean mal digestión (¡ojo!), miles de rostro distintos, razas, culturas, convergencia absoluta, donde, a pesar de todo, somos iguales. La comida, regular, agradable.

Me encaminaba hacia la salida y me puse a observar, de lejos, a la Facultad. Su imponente edificio de verde-tranquilidad es una esfera de lucha progresista: solo quienes quieran el cambio saldrán adelante, abogados que no vean el destino como una mera preocupación económica. Abogados que, vistiendo la humildad con elegancia, y preconizando justicia a quien la requiera, podrán ofrecerle al Perú un nuevo rumbo.

Me desplazo, ahora con caminar pausado, admirado de mi decisión. Aquellas imágenes zoomorfas, desde lo alto, parecieran sonreír.

martes, 16 de febrero de 2010

A la vuelta de la esquina...



Lima Colonial es un paisaje muy aferrado a una historia llena de religiosidad, lo cual no es malo en sí, sobre todo, si de dicha historia pueden rescatarse valores importantísimos. Valores espirituales, así llamados por quienes visten garnacha y quién sabe qué por dentro, hombres (ojo, sólo hombres) “ungidos” en una verdad metafísica, absoluta, dogmática y en términos algo científicos, anti-darwinianos. ¿De qué valores hablamos? Hablamos pues del amor al prójimo, del buen obrar diario, de la humildad, de la solidaridad, en fin, de todos aquellos fácilmente resaltables en un libro de no menos de quinientas páginas denominado Biblia. Lima Colonial también es un sinfín de iglesias (fíjese bien, siempre habrá una al menos en todo su barrio), estructuras deterioradas y polvorientas junto con otras nuevas que hacen loores a anticuadas construcciones modernas, aunque hay algunas dignas de cierta admiración; Lima siempre fue y será así, aferrada a una religión anacrónica que para subsistir no tiene más remedio que adaptarse a una realidad desconfiada, ávida de verdades que sean comprobables, dejando de lado todo discurso utópico. Pero Lima Colonial es, más bien, distópica (usando la palabra acuñada por el filósofo inglés, John Stuart Mill).

En este breve artículo quiero pues, trabajar estas dos variantes, valores espirituales e iglesias, a fin de encontrarlas incompatibles en la actualidad. Primero, repasemos algunos datos. La pobreza en el Perú asciende a la mitad de la población, situación incómoda y frustrante en un país prometedor. El desempleo es generador de informalidad, la cual lleva a la deshumanización del trabajo. Considero que no todo trabajo dignifica al ser humano. El trabajo en condiciones inadecuadas sólo genera una sociedad disconforme, intolerante ante la mesiánica tendencia de los políticos a prometer soluciones muchas veces nada viables. Y es aquí donde la religión oficial cobra un rol importante. Pero no, no para remediar las cosas e impulsar, vía divina mediante, un Perú mejor. La Iglesia Católica es una amenaza social en nuestro país: creando brechas entre las porciones adineradas y las necesitadas, interfiriendo en las decisiones que nos afectan a todos, irrumpiendo la tranquilidad con espantosos casos de violaciones y otros degradantes actos, adulterando el progreso al mantener en la ignorancia al peruano pobre. Esos son los valores de la Iglesia "Caótica".

Veo parte del olvido humano día tras día el volver a mi hogar en cada bus que abordo, ¿dónde está la Iglesia acomedida, guiada por un Salvador histórico de irrefutables virtudes morales, para socorrer a estos desprotegidos? Niños que venden caramelos sin tener la mínima idea de los que significa "cítrico"; mujeres que han olvidado el sabor de la leche en un desayuno modesto; hombres sin educación, sin alegrías; ancianos sin fuerzas limpiando lunas… Y un sujeto vestido de sagradas túnicas, un bonito anillo dorado (¿será oro, oro?), ¿cómo vive este señor? Y no, no me interesa si le pagan o no, si cobra comisión del sudor de la gente impregnado en moneditas de a diez, no… me refiero a ese fuero interno cuyas sentencias pesan más que una cadena perpetua, la conciencia. ¿Qué hace la Iglesia, hoy en día? Poco. Y digo esto porque sería un error dejar de lado los pocos ejemplos de verdadero compromiso con Dios hacia la humanidad.

Vuelvo a mi hogar y en mi camino contemplo una inmensa estructura blanca. Lo que años atrás fue una pequeña iglesia que no albergaba a más de cien hoy es capaz de recibir el triple. Por una de las esquinas se levanta una imponente torre y en el cabo está la campana que al retumbar emite un expansivo sonido llamando a los feligreses. Por dentro es un alma vacía. Deja mucho que desear si la comparamos con las Iglesias de la Lima Colonial, verdaderas obras de arte. ¿Cuánto dinero se habrá invertido? ¿Cuántas almas pudieron ser salvadas de un trágico frío o de una terrible hambre? ¿Cuántos libros, cuantos rostros enrojecidos de júbilo? La triste clase alta se apasiona al ver tal titán y se siente a gusto dentro de sus intestinales asientos. Al fin una Iglesia digna de ellos. Ojalá hubieran leído aquél pasaje del librito llamado Biblia: El Dios que hizo el mundo y todas las cosas [que hay] en él, siendo, como es Este, Señor del cielo y de la tierra, no mora en templos hechos de manos, ni es atendido por manos humanas como si necesitara algo, porque él mismo da a toda [persona] vida y aliento y todas las cosas (Hechos 17: 24-25). Amén.